Las exigencias del entorno, la multiplicidad de posibilidades de acción que trajo la tecnología y la propia ambición, nos conducen en forma inconsciente a una carrera detrás de actividades interminables y continuas. Lucio Séneca, filósofo español de propiedad romana, nos advirtió que si buscábamos la felicidad, no debíamos involucrarnos en actividades interminables.
Pasaron casi dos mil años desde sus sabias palabras y nosotros, tontos irrecuperables, seguimos ‘planificando’ las jornadas como si, por un lado, tuviéramos la capacidad de manifestar en simultáneo la operatividad de nuestras personalidades múltiples y, por otro, no existieran la vida familiar, la hora de almuerzo o el esparcimiento.
Ni hablar de la búsqueda de la felicidad. Esas son cuestiones menores de las que pueden ocuparse pensadores haraganes que disfrutan de las bondades de un mecenas o progenitor adinerado.
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